
Erase una vez, un ángel.
Con sus alas podía podar todo aquello que me podía lastimar.
Cada espina de traición, cada rama de mentira.
Aun recuerdo su aroma.
Ese esquicito vapor de paz flotando mientras me abría paso a la vida.
El cielo le temía.
Sed. Quizás tuvo sed.
Creí ver. Creí tener los ojos abiertos.
Se quedo sentado frente a Dios, con las alas plegadas bajo el brazo.
Me miro. Rió.
La vida esperaba mucho más.
El camino era mas largo.
Los sentimientos se hicieron invisibles.
Pude ver a través de ellos.
Y vi el piso.
Un millón de hojas secas.
Me sentí solo.
Comiendo la ultima semilla de confianza para el viaje.
Mientras caminaba se elevó.
Tan lejos, sin mirar atrás.
Alcé mis manos y mis gritos.
Pero la semilla era de traición.
Me secó por dentro, e hizo brotar todas las paredes abiertas.
Me abrazaron como a estatua.
Me adornaron con sus espinas.
Me cubrieron.
Y el ángel me olvidó.
Solo me hizo vivir para abrirme camino al infierno.
Y regalarme unas semillas.
1 Comentario(s)
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uno nace para morir y vive para morir…..
pero hay que reirce de la vida, porque ella se rie siempre de nosotros. hay que reirce de ella aunque nos duela demaciado y nos esté matando poco a poco porque asi ella verá que no somos tan debiles como creia y podremos estar mas tranquilos en la tormenta…..
vida cobarde es la que nos tocó porque siempre ataca por la espalda, pero depende de nosotros estar preparados para resistir el golpe y hacerla sufrir a ella, doblarle la mano akl destino; de eso nos tenemos que encargar……….